Escapar

<b>Escapar</b>
El 27 de enero de 1979 tu sangre y la lluvia mojaron nuestra acera

26 agosto 2008

Rosa, primer aniversario

El 26 de agosto de 2007 murió la madre. Rosa Mundiñano. Hace un año. El primero. En paz descansa de los muchos cansancios que le estropearon la vida, pero que nunca la vencieron. Su historia resultó fieramente golpeada. Yunque de odios telúricos y necias maldades nacionalistas; y del miedo, el puto miedo de los "buenos", de los cobardes, de los indiferentes... Hoy repito unas líneas que Diario de Navarra, ABC y Diario Vasco tuvieron a bien publicarme a su fallecimiento.

La mañana del entierro algunos amigos me buscaron en el velatorio para darme el pésame. No me encontraron y lo sentí. Una falta de delicadeza por mi parte, tal vez. Sí que me acordé de ellos, pero es que decidí encerrarme un rato escribiendo sobre Rosa para todos. Quise dar testimonio a muchos de quién era ella y quién fue en mi vida. También, quise encontrarla un poco más en mí y hacerla presente para quedármela; arrebatársela un tanto a la muerte. Esa muerte que, en ausencia de Dios, es el final ciego y seco de cualquier animal cuyos polvorientos huesos están abandonados en el campo, al desgaste de la despiadada intemperie y sin que nadie repare en ellos. Ni ella ni mis hermanos, gracias a ella, creemos en otra muerte que no sea el comienzo de la Vida. La muerte no es el final, dice el canto religioso. Escribir es pensar, rezar. Y en aquella mañana de hace un año recé lo que supe.

Rosa Mundiñano, su Fe y un buen día.

El periodista y amigo Javier Marrodán, en su libro Regreso a Etxarri Aranatz relata la peripecia vital de la familia Ulayar Mundiñano antes y después del asesinato de nuestro padre, Jesús Ulayar, el 27 de enero de 1979 a manos de Eta, así como la de otras víctimas del terrorismo en Navarra. Transcurridos 25 años, el 24 de enero de 2004 e impulsado por Libertad Ya, se celebró un homenaje a su memoria y a la de todas las víctimas en Etxarri Aranatz. Precisamente ese día nació el germen del libro de Javier. La viuda, nuestra amá, Rosa Mundiñano ha emprendido su último y definitivo “Regreso a Etxarri Aranatz”. Tras larga y penosa enfermedad, el viernes pasado fue perdiendo la consciencia rodeada de hijos y nietos. El domingo, con las manos apretadas entre las de sus hijos, entregó el alma al Padre, alcanzando esa felicidad definitiva que en esta vida nos es tan esquiva, tan imposible. Ella, la viuda de Ulayar, es quien más ha sufrido la historia de difamación, persecución política y personal, asesinato y ulteriores desprecios y acoso a la que fue sometida nuestra familia por el fanatismo nacionalista vasco, ayudado del miedo de los demás. En esta hora en la que nuestra madre disfruta ya de la vida eterna, quiero compartir un par de cosas contigo, querido lector. La primera habla de la fe, al menos del grano de mostaza que atesoraba Rosa. Tras el descomuncal impacto del asesinato de su marido, de nuestro padre, esperó memoria, dignidad y justicia y no se abandonó al odio ni a la venganza. Nunca perdió la entereza y el saber estar, cualidades que le procuraban la serenidad y fortaleza que obtenía de la divina providencia con sus oraciones. Pensó que no podía desmoronarse y en este empeño vivió. ¿Qué iba a ser de mis hijos si en casa encontraban una madre desesperada y hundida?, recordaba. La segunda tiene que ver con aquel 24 de enero de 2004 en nuestro pueblo, el homenaje a Jesús Ulayar. En lo tocante a los años de injusticia, abandono y opresión, de nulo reconocimiento social de la tragedia, Rosa recordaba con emoción aquella jornada: “un día bueno, un día bueno en mi pueblo”, me decía. Aquel día bueno de nuestra madre fue obra de quienes, frente a la despiadada oposición de los etarras y sus corifeos, se empeñaron en sacarlo adelante: los amigos de Libertad Ya, a cuyo llamamiento respondieron 2.000 ciudadanos comprometidos. Mayores, jóvenes, personas anónimas, creyentes o no, políticos, autoridades -todo el Gobierno de Navarra-, sindicalistas, militares, otras víctimas, profesores, algún cineasta, periodistas, etc. Gracias por aquel “un día bueno” que nuestra madre saboreaba en sus últimos años.